páginas

martes, 12 de enero de 2016

El cielo es azul, la tierra blanca. Hiromi Kawakami.



"El cielo es azul, la tierra blanca" de Hiromi Kawakami.

Sin duda es el mejor libro que he leído en 2015. Empecé a mirar en mi estantería qué libros había leído y cuáles no, éste era uno de los que no, seguramente un regalo, y lo leí en nada.

El argumento:

Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria. Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. Entre ambos se establece un pacto tácito para compartir la soledad. Escogen la misma comida, buscan la compañía del otro y les cuesta separarse, aunque a veces intenten escapar el uno del otro: el maestro, en el recuerdo de la mujer que un día lo abandonó; Tsukiko, en un antiguo compañero de clase. Con una prosa sensual y despojada, Kawakami nos cuenta una historia de amor muy especial: el acercamiento sutil de dos amantes, con toda su íntima belleza, ternura y profundidad.


Es un libro corto, pero me ha marcado mucho, me ha encantado. Una de mis páginas favoritas es esta:

Él besó mi pelo una y otra vez. Me acarició los pechos, al principio por encima del kimono y luego por debajo.
- Tienes unos pechos muy bonitos - me dijo en el mismo tono que había usado la noche anterior para analizar el poema de Basho. Solté una risa ahogada, y él también rió-. Son muy bonitos. Eres encantadora, Tsukiko - añadió, mientras me acariciaba el pelo una y otra vez. Los ojos se me cerraban de sueño.
- Me quedaré dormida, maestro - le advertí.
- Pues vamos a dormir, Tsukiko - me respondió.
- Es que no quiero dormir - murmuré, incapaz de abrir los párpados. Era como si la mano del maestro provocara un efecto somnífero en mí. Quería decirle que no me dejara dormir y pedirle que me abrazara, pero la lenga me pesaba demasiado y sólo conseguí farfullar -: No quiero... dormir. No quiero. No.
Al cabo de un rato, dejó de acariciarme y empezó a respirar de forma acompasada.
- Maestro - lo llamé, reuniendo mis últimas energías.
- Tsukiko - susurró.
Cuando estaba a punto de dormirme, oí los gritos de las gaviotas que sobrevolaban el mar. Ni siquiera fui capaz de abrir la boca para decirle al maestro que no se durmiera. Arropada entre sus brazos, caía en un profundo abismo. Estaba desesperada. Me sentía arrastrada hacia un sueño que estaba muy lejos del sueño del maestro. Las gaviotas graznaban bajo las primeras luces del alba.

No hay comentarios: